Débora Di Falco: "Tenía dos hijas, ahora no tengo nada" | Policiales | El Diario de la República El Diario de la República
Policiales - | 12-11-2012 | 12:07 | 1

Débora Di Falco: "Tenía dos hijas, ahora no tengo nada"

Juicio oral por el asesinato de Guadalupe. La madre de la víctima, Miguel Ángel Riquelme y Dora Videla son los acusados. Sólo la joven accedió a que la indagaran. 

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  • Cuando se sentó ante los jueces y, en lo que es parte del ritual de un juicio oral, debió contestarles si tenía hijos, Débora Catalina Di Falco respondió que tenía dos. “Ahora ya no tengo nada”, dijo la mamá de Guadalupe Rebeca Di Falco, la nena que el domingo 12 de setiembre de 2010 murió víctima de maltratos. Débora, de 22 años, desplegó ayer entre sollozos retazos de su historia y, a través de ella, algunas explicaciones sobre las razones por las que sus dos hijas –la nena que murió y Fátima, una beba que tuvo ese mismo año, aquí en San Luis– quedaron en la casa de Miguel Ángel Riquelme y Dora Alejandra Videla, los otros dos acusados que llegan a juicio por esa muerte.
    Débora reiteró que nunca quiso dejar a ninguna de las nenas. “No quería que pasaran lo mismo que pasé yo”, aseguró. Refería a las necesidades materiales y de afecto que tuvo desde la infancia. Contó que a los seis años, en Mendoza, a raíz de la denuncia que hicieron unos vecinos porque su mamá la había dejado encerrada sola en la casa, fue entregada a una allegada, pariente de un medio hermano por parte de padre. Esa época “fue la mejor de mi niñez; lo demás, fue horrible”, recordó. “A mi mamá no le importaba si iba a la escuela, si comía o no, no había Navidades”, dijo.
    A los 13 años comenzó a prostituirse. Dijo que su mamá, Graciela Di Falco, lo sabía. Y a los 14, por otra denuncia de vecinos que sospechaban que la adolescente era trabajadora sexual, fue a parar a un hogar de tránsito, donde estuvo diez meses. Luego regresó con su madre.
    Aunque aseveró que no deseaba lo mismo para sus nenas, la historia de carencias y abandonos que había vivido, de algún modo, se replicó en Guadalupe y Fátima. En la requisitoria –cuyos párrafos más significativos fueron leídos ayer– la fiscal Nº 2 Sonia Fernández de Vargas consideró que la joven tuvo responsabilidad penal en el desenlace de la vida de Guadalupe y que por ello debe responder.
    Opinó que Débora pudo figurarse que la pequeña podía sufrir un “daño atroz” y sin embargo la puso en una situación de riesgo, librándola a su suerte. Por eso entendió que su conducta encuadra en el abandono de persona agravado por el vínculo y el resultado. Y pidió que sea condenada a 12 años de cárcel. La joven es la única de los tres acusados que llega libre al debate oral.
    Videla, de 32 años, y Riquelme, de 47, conforman la pareja sobre la que pesa la mayor carga. Ambos están acusados de homicidio calificado por la alevosía y el ensañamiento. La fiscal Fernández de Vargas pidió que ambos sean condenados a prisión perpetua. A diferencia de Di Falco, ninguno de los dos declaró cuando Hugo Saá Petrino, presidente de la Cámara del Crimen Nº 2, les dio la oportunidad de hacerlo.
    Antes de que la chica comenzara con su relato, Saá Petrino le pidió a la pareja que se retirara de la sala, que ayer estaba repleta de público. Al levantarse, todos pudieron constatar por qué Videla y Riquelme cargan con sus apodos. A su turno, la mujer le había dicho al tribunal que le dicen “la Gorda”. Riquelme dijo no tener alias. Pero caminó hacia la puerta con dificultad. Según sus conocidos, le dicen “el Rengo”.
    Estudiantes de secundaria, empleados de distintas reparticiones del Poder Judicial, periodistas, policías, abogados, la presidenta de la Fundación Madres del Dolor, Graciela González, y hasta la fiscal de la Cámara Nº 1, Diana Bernal, escucharon con atención todo el relato de Débora.
    En muchos pasajes, la chica se quebró. Uno de ellos fue cuando contó que se enteró de la muerte de Guadalupe a través de la red social Facebook, cuando estaba en Mendoza. Tenía cientos de mensajes en los que desconocidos la insultaban, por considerarla responsable del final de su hija. “Puse (en un buscador de internet) ‘El Diario de la República’. Salía que habían matado a una nena de cuatro años. Me quitaron a mi hija. Me arrancaron el alma”, expresó entre lágrimas.
    Dijo que después sólo tomó una campera y el dinero que había ganado en un sauna de Mendoza, trabajó esa noche para juntar algo más de plata y se comunicó con su madre. Tomó un colectivo y se reunió con ella en la localidad mendocina de Jocolí. Allí Graciela le confirmó que a la nena la habían asesinado. Según Débora, la idea de venir a San Luis había sido de su madre.
    Concebida sin querer. Recordó que llegaron el 14 de abril de 2009 con la promesa de unos amigos de ella de que iban a conseguir trabajo. La situación económica de las Di Falco en Mendoza era mala. Débora ya estaba embarazada de su segunda hija, Fátima, a quien había concebido sin querer, cuando a un cliente se le rompió el preservativo. Dijo que no sabe quién es el padre de la nena.
    Al llegar, no pudieron contactar a los amigos que las ayudarían. En un recorrido por las inmediaciones de la terminal de ómnibus encontraron una parroquia –la iglesia San Roque– donde consiguieron que las incluyeran en la lista de personas a las que alimentan a diario en el comedor. Más tarde, ubicaron una pieza para dormir, por la que pagaron 150 pesos mensuales.
    Débora dijo que, aún en su estado, debió salir a prostituirse. Y que por sus llegadas tarde a la casa, el hombre que les alquilaba les pidió que se fueran. Le devolvió la mitad del dinero que le había entregado y debieron ubicarse en otro lado.
    Por ese entonces, Graciela ya había trabado amistad con Riquelme. Y éste, que vivía muy cerca de esa pieza en la que habían estado, les ofreció techo y ayuda, a pesar de que en su casa, con él y su mujer, vivían siete chicos. Cinco son hijos de Videla con otra pareja y los restantes, fruto de su relación con “el Rengo”.
    Según Débora, a pesar de que la casa es humilde, la convivencia era buena. Dijo que los consideraba sus amigos y, que, cuando su madre decidió abandonarla de nuevo y regresar a Mendoza, esa gente se convirtió en su familia. “Nunca me imaginé que podían hacer una cosa así”, expresó luego entre lágrimas.
    De noche, cuando salía a trabajar, Riquelme y Dora se quedaban con Guadalupe. Les decía que cuidaba a personas mayores y les daba 20 pesos por noche. Un día Videla le preguntó si era cierto el rumor de que trabajaba como prostituta en la avenida España y Almafuerte, en la esquina de Previsora San Luis. Y a Débora no le quedó más remedio que admitirlo, aunque temía que la echaran de la casa. Pero eso no pasó.
    Después, por los aportes que hacía, dijo que prácticamente se convirtió en el sostén de la casa. “Pagaba la comida de todos, ropa para los chicos, los útiles de la escuela. Y hasta le daba a Miguel plata para los cigarrillos y para que se comprara Diclofenac cuando le dolía la pierna”, aseguró Débora. A pesar de ello, refirió que la pareja le pedía cada vez más.
    Con el paso de los meses, el embarazo comenzó a notarse. A las dificultades propias de ese estado se sumó la competencia que había entre los colegas del rubro, entre ellos los travestis. La joven refirió que debía pagar tarifas cada vez más altas por la parada, que los “cafishos” eran “como tiburones” al acecho y que dos veces intentaron matarla. Una de esas veces, la amenazaron con un arma de fuego.
    Conseguir clientes y dinero se complicaba cada vez más, dijo. Por sugerencia de dos clientes dejó la calle y recaló en un cabaret que, aunque cambió de nombre, popularmente todavía es conocido como "La Escuelita".
    Al momento de llegar a ese prostíbulo, la joven ya había dado a luz a Fátima. El hecho de que se hiciera atender en el Hospital Materno-Infantil de San Luis con el documento de Videla fue un punto que despertó suspicacias entre los investigadores. Se instaló la sospecha de que Débora tuvo la intención de desprenderse de la beba entregándosela a Riquelme y a su mujer para que éstos se quedaran con ella o la dieran a otras personas bajo algún tipo de acuerdo. La joven aseguró que siempre quiso tener a sus hijas y que, cuando no las tuvo, buscó recuperarlas.
    Débora explicó que usó en DNI de Videla porque perdió el suyo en la casa. Lo utilizó dos veces. La primera fue en un control, unos tres o cuatro días antes del parto, en el Hospital del Oeste. La segunda fue en el Hospital San Luis. En ninguno de los centros de salud advirtieron que la mujer de la foto del documento no era la que estaba internada, a pesar de las notables diferencias fisonómicas.
    Después de tener la bebé, a Di Falco le dieron el alta. Contó que unos días después, Riquelme apareció en la casa con un DNI: había asentado a la recién nacida con su apellido. “Le pregunté cómo había hecho eso y me dijo ‘ahh, eso es tema mío’”, dijo.
    Una semana después de parir, Débora salió a “hacer la calle” de nuevo, porque no tenía dinero. Riquelme y Videla continuaban haciéndose cargo de sus dos hijas a cambio de plata, pero le pedían cada vez más. Decidió entonces probar suerte en “La Escuelita”. Al principio iba sólo de noche y después, para conseguir más clientes, empezó a quedarse allí dos o tres días seguidos.
    Una noche la pareja fue con Guadalupe al prostíbulo. Relató que le dijeron a Cristian –un empleado – que buscaban a una tal Débora o Micaela y que iban para que se hiciera cargo de su hija, a la que hacía seis meses que no veía.
    Refirió que le exigieron dinero, que fue a la casa algunas veces, y que sólo vio a Guadalupe. Según las explicaciones que le daban, Fátima estaba con el padrino, a quien Débora no conocía.
    Tras esa visita al cabaret, Dora y Miguel le pidieron mil pesos para cada uno, por los cuidados que les dispensaban a las nenas. “Tenía miedo. Fátima estaba asentada con otro apellido, no quería que Guadalupe pasara por lo mismo que yo, extrañaba a mi mamá. Me fui a Mendoza a ver si conseguía la plata trabajando en alguno de los lugares donde ya había estado”, explicó.
    Mientras estuvo en esa provincia se prostituyó en la calle y en una sauna. En ese tiempo –estimó que fueron unos tres meses– sus ex amigos le mandaban mensajes amenazándola con que no iba a ver más a las nenas. “Pensé que estaban enojados, no que planeaban matarla”, dijo. Viajó en una oportunidad para verlas, pero no se lo permitieron, a pesar de que les trajo algo de plata. Volvió a Mendoza. Allí estaba cuando supo que a Guadalupe la habían asesinado.
     


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    1

    poroto

    12-11-2012 | 17:13:16


    Asesino, delincuente, Ojala sean ciertos todos los dichos sobre tu estadía en la cárcel. Te mereces sufrir en vida por tal tremendo crimen de un inocente angelito.